Habiendo finalizado Elric de Melniboné, recobro la mágica impresión de estar ante un héroe sorprendente de Fantasía Heroica. Capaz de luchar y vencer, como los clásicos, pero reflexivo e inexplicable en su perdón. Años de introspección y de lucha contra su débil cuerpo le han convertido en un extraño humanista entre la carnívora y ególatra sociedad melnibonesa, pero es el emperador y tiene poder para cambiar su isla, incluso el mundo, si se le antoja. La incomprensión de los que le rodean se debilita a medida que su personalidad se va imponiendo en la obra: Yyrkoon, su malvado primo, que pretende arrebatarle el trono de Melniboné; Cymoril, su amada y hermana de Yyrkoon, asombrada siempre por la decisiones de Elric; Dyvim Tvar, el Señor de las Cavernas del Dragón, su segundo y amigo, inspirado siempre por su lealtad a Elric y su fe en la esencia melnibonesa; incluso Arioco, uno de los dioses del Caos, que se da cuenta de que Elric no es tan manejable como otros mortales.
La búsqueda de Tormentosa y Enlutada, las dos espadas mágicas, surge anecdóticamente hasta convertirse en motor del viaje del héroe, como Ulises, Don Quijote o Andrés Hurtado. Como para los tres, para Elric está también reservado un momento de pérdida, recurrente en sus aventuras, que, tal vez de forma excesiva, vuelve a situar al héroe al principio de la carrera, despojado de todo lo que ha conseguido, a veces por indicación del destino, pero otras por su propia decisión.
Mis expectativas de entrada se transformaron en un conocimiento de salida que no sospechaba. Suficiente motivo para la satisfacción.
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