Hoy he acabado The Mandalorian. Es la hermanita pequeña de la parte aventurera de la saga de La Guerra de las Galaxias. Hay un personaje, Grogu, que adopta el papel de niño aunque no lo es, y es protegido por el mandaloriano, Dinn Djarin, que es un cazarrecompensas y no un padre. Hay intriga, lucha, problema-solución, héroes y antihéroes, condiciones estupendas para gustar a los seguidores del Space Opera.
Pero lo llamativo de la serie es el mecanismo repetido de unos personajes que encarnan lo que por naturaleza no son. Tal vez sea ese uno de los jugos de la existencia, porque en la serie se hace mayormente para el bien, y al ser humano le gusta la sorpresa de tener que reclasificar a alguien por encima del concepto en que lo tenía. Es decir, es una bofetada en el cielo la boca a la intuición, a la preponderancia de la primera impresión y, sobre todo, a los prejuicios, uno de los más abundantes males de nuestra época. Si lo exterminásemos de nuestro bagaje cultural, seríamos más felices y más seguros en nosotros mismos.
This is the way. Este es el camino.