La pareidolia nos conecta con el mundo inanimado. Forma parte de la maravillosa capacidad del ser humano para deformar la realidad. Enrevesamos sueños, confundimos fechas, reinterpretamos sucesos y reformamos las estructuras de la comunicación. Como al marqués de Bradomín, nos seduce la floresta de la mentira y preferimos cabalgar a lomos de un falso alazán que caminar sintiendo la arena penetrar en nuestras sandalias. Pero la mente traiciona al crédulo con menos remordimiento que pasión. Arrojados a los pies de los ídolos solo servimos para el deleite de los manipuladores, los que se han alzado con el trono del embuste, los que sacan rendimiento a la creación de engaños y a esto no están jugando; no como nosotros, que no hemos dejado de ser niños encerrados en un largo juego del que no queremos salir.
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5 de junio de 2024
15 de marzo de 2024
Pena de palabra
La corriente oficial dice que lo verdadero equivale a lo empírico. Solo cuando podemos demostrar algo con pruebas sabemos que es cierto. El problema viene cuando las evidencias implican al ser humano. Si alguien en un juicio asegura haber visto al Yeti, el juez lo desautorizará como testigo, pero si esa misma persona afirma que vio a tal persona matar a tal otra, su testimonio se tomará como auténtico y pesará sobre la decisión final, que puede acarrear la muerte o la cadena perpetua de otro.
El ser humano no es fiable. Esa falta de fiabilidad no la abarca solo la mentira. Hay personas que han visto, oído o leído lo que quieren ver, oír o leer. Hay personas que jurarán por su vida que han presenciado algo que no ha sucedido. Y pueden ser muchas. Que se lo digan a Ricky Martin.
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