Es probablemente el sentimiento humano más capaz de anular a otros. Es la hermana positiva de la pena, y cuando actúa parece que ante los demás nos coloca en un nivel altanero, de superioridad frente a unos sujetos pasivos mediocres, de poca iniciativa, de escasa capacidad, y venimos como un dios a remediar y a consolar, pero no es eso ni mucho menos, estamos en un puesto único y nos permitimos ser diferentes al resto en no pasar de largo, en recoger al árbol caído y ponerlo en su lugar, sin esperar un premio ni un reconocimiento, tan solo recibir la autorrecompensa de ver a salvo al prójimo.
Qué gran palabra, demasiado poco usada.