A un lado de la trocha había encontrado un vencejo muerto resecado por la tórrida mañana. Yacía tendido mirando al suelo, sin dejar ver su pico ni sus ojos. El malsano aclarado de sus alas le hacía pensar en cómo dentro de su cabeza las ideas también se le iban enfermando de tanta ida y vuelta. Sintió un poco de sed cuando su vista se detuvo en las plumas deshechas a fuerza de sol. Se le ocurrió imaginar cómo habrían sido las últimas imágenes que habían pasado por dentro de su cabecita, y le alivió descubrir su sencillez: alimento, peligro, huida y, tal vez, fin. El sufrimiento apenas habría durado. Un golpe con un obstáculo inesperado, un virus que lo iba royendo por dentro, el hambre no satisfecha... Nada complicado.
Unos niños hacían fotos con su móvil a la avecilla. Juntaban su pelo con el cráneo del vencejo y miraban al objetivo sacando la lengua. Le pareció poco compasivo, así que se acercó y para acabar con la situación propinó una buena patada al cadáver, que salió despedido en todas direcciones.
Escuchó gritos y miró al suelo. Allí seguía el vencejo, boca abajo como escondiéndose para reírse de una broma macabra.