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12 de septiembre de 2024

Elric de Melniboné


Habiendo finalizado Elric de Melniboné, recobro la mágica impresión de estar ante un héroe sorprendente de Fantasía Heroica. Capaz de luchar y vencer, como los clásicos, pero reflexivo e inexplicable en su perdón. Años de introspección y de lucha contra su débil cuerpo le han convertido en un extraño humanista entre la carnívora y ególatra sociedad melnibonesa, pero es el emperador y tiene poder para cambiar su isla, incluso el mundo, si se le antoja. La incomprensión de los que le rodean se debilita a medida que su personalidad se va imponiendo en la obra: Yyrkoon, su malvado primo, que pretende arrebatarle el trono de Melniboné; Cymoril, su amada y hermana de Yyrkoon, asombrada siempre por la decisiones de Elric; Dyvim Tvar, el Señor de las Cavernas del Dragón, su segundo y amigo, inspirado siempre por su lealtad a Elric y su fe en la esencia melnibonesa; incluso Arioco, uno de los dioses del Caos, que se da cuenta de que Elric no es tan manejable como otros mortales. 
La búsqueda de Tormentosa y Enlutada, las dos espadas mágicas, surge anecdóticamente hasta convertirse en motor del viaje del héroe, como Ulises, Don Quijote o Andrés Hurtado. Como para los tres, para Elric está también reservado un momento de pérdida, recurrente en sus aventuras, que, tal vez de forma excesiva, vuelve a situar al héroe al principio de la carrera, despojado de todo lo que ha conseguido, a veces por indicación del destino, pero otras por su propia decisión.
Mis expectativas de entrada se transformaron en un conocimiento de salida que no sospechaba. Suficiente motivo para la satisfacción.

25 de junio de 2024

Que no entras más


Se guardó todas las reacciones durante cuarenta años. No discutió, no opinó, no mostró ningún desacuerdo. Acataba las miradas desafiantes de los categóricos que buscaban sumisión a sus soflamas disfrazadas de punto de vista sabio. Bajaba la vista ante mentiras que pasaban por certezas en las bocas ebrias de los parroquianos del bar y del altar. Mientras tanto, un rugido se iba gestando en sus tripas escondido tras un muro de silencio. Y notaba que se iba haciendo más y más pequeño. 
Un día su nuca tocó la almohada y encontró que casi no le quedaba nada. Su interior estaba vacío e insatisfecho. El espacio que ocupaba no era suyo, sino de su familia o de sus colegas de profesión. Los amigos ya no le tenían en cuenta, dado que habían notado que no tenía un carácter que ofrecer. 
Lamentó todos esos días sin contestación. No se enfadó. Se propuso cambiarlo. Aunque ya tenía casi 60 años, lo cambiaría. ¿Para qué? Para lo que quedara.

23 de junio de 2024

Ya soy mayor para algunas cosas


Guido se miró al regazo. Los comensales vociferaban salpicando las fuentes de comida. Con la mirada baja se podía olvidar un poquito de tanta presencia humana. Llevaba cincuenta años gastando su valiosa energía sobre todo en dos objetivos: no desentonar en las conversaciones y tensar su cuerpo con sus pensamientos. Había decidido que canalizaría ese suministro en ser asertivo y en observar su cuerpo para relajarlo.
Se levantó de golpe y miró al frente. Se hizo el silencio. 
- No me gustan los cotilleos -dijo. 
Y se sentó. El silencio persistió mientras mordisqueaba satisfecho el curro de pan.