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7 de mayo de 2024

¿Dónde está el tiempo?

Una de mis viejas obsesiones intelectuales es la inexistencia del tiempo. Creo que lo único realmente demostrable como magnitud es el espacio y sus parientes, como el movimiento. Tal vez lo que percibamos como tiempo sea tan solo este último. ¿Podemos argüir que el tiempo se evidencia en el desgaste de las cosas? Bueno, el movimiento también puede probar eso. Si la piel se estropea se debe a la constante fricción de agentes externos como el aire o la temperatura, y a nivel interno a la pérdida de radicales libres. Es decir, a la ausencia de una cosa que antes sí estaba. En el fondo, lo que los humanos queremos describir como tiempo se enmarca en una teoría más amplia, la del cambio. Todo lo que entendemos como tiempo sería más sensato circunscribirlo a la transformación: las estaciones suponen un cambio basado en el viaje de nuestro planeta alrededor del sol y en la posición de nuestro eje de rotación respecto de la eclíptica; los minutos y los segundos son medidas fragmentarias de ese giro que nuestra querida Tierra efectúa sobre sí misma, y el envejecimiento es el traslado o pérdida de elementos de nuestro cuerpo que dejan en peor estado nuestros órganos y huesos.

No considero científica la percepción del tiempo. Es una filtración de la subjetividad en los dominios del conocimiento empírico. La ciencia, hasta ahora, la instrumentalizan los sujetos humanos. Tal vez algo nos enseñe, en un futuro cercano, la auténtica esencia del tiempo.

3 de mayo de 2024

Un buen conversador


Unos científicos han conseguido establecer un contacto verbal con una ballena. La única pega ha sido que no sabían lo que le estaban diciendo, ya que se trataba de grabaciones de sonidos de otras ballenas que no habían logrado comprender. Por tanto, todo ha terminado cuando el cetáceo se ha cansado de oír incongruencias y se ha marchado; se ha hartado del diálogo de besugos porque era una ballena. Realmente un éxito, dicen los investigadores. Incluso se han permitido dividir el intento de diálogo en tres fases, la última de las cuales se llamaba fatuamente "desconexión".
Un poco de humildad, humanos, que solo somos animales con lenguaje articulado. Y, a menudo, animales de los peores.