Tal vez nos iría mejor si nos implantasen un chip que por las mañanas nos borrase la memoria y nos hiciera creer que somos mendigos. Afrontaríamos el día sin preocupación por nuestras posesiones, sin tensión por el qué dirán y sin tener cuidado de no agradar a nadie. Agradeceríamos el sol, el cielo y el oxígeno. Solo perseguiríamos cumplir con lo inmediato y con lo que estamos viviendo en el instante. No pensaríamos en más lugar que el que ocupara nuestro cuerpo. Cada sonrisa, cada gesto de cariño o empatía sería como una supernova en el firmamento. Perderíamos la prisa, las úlceras y el insomnio.
Y, lo mejor de todo, no tendríamos móvil.