Por alguna razón, la noche siempre ha supuesto para mí el lado amable de la vida. Fiesta y descanso han sido las dos opciones más recurridas en su seno, predominantes por ese orden en la sucesión de los años. El opuesto de la noche, dicen, es el día. En mi caso es la obligación. ¿Cómo puede inspirar tanto temor atávico en el ser humano el mundo de algo que ahuyenta la obligación? De noche no me siento agobiado por las responsabilidades. Mi mente se libera y vuela. A veces ese vuelo es desorbitado y penetra en nubes donde me esperan mis obsesiones. Entonces comprendo algo los reparos de la gente con la noche, puesto que a menudo equivale a soledad, y sin compañía nadie nos defiende de nuestros miedos.
De todas formas, no me quitéis la noche.