En el Parador de Manzanares todo tiene color marrón. Esa superficie áspera de la anciana Castilla que late bajo cada cojín de las butacas, cada baldosa y cada mesa. ¿De qué iban a hacer las cosas? De lo que tiene la tierra, de lo que da este país reseco y duro, tan firme cuando duele como sobrio cuando se goza. El horizonte es todo alma castellana.