La fiesta empezaba tarde. En la entrada de la finca se amontonaban los coches de alta gama con sus conductores esperando para aparcar. En el jardín inundado de flores, los rincones oscuros a los que no llegaba la luz de las farolas estaban repletos de corrillos y parejas. Los niños de la casa, ya acostados por sus cuidadoras, se asomaban entre los enrejados de las ventanas para cotillear.
En el momento más climático del evento, todas las luces se apagaron y el anfitrión anunció con voz pomposa El Gran Cambio. Aquello por lo que todos habían acudido a la reunión. Aburridos de lujo y ostentación, sin ideas ya para derrochar sus riquezas, la promesa de experimentar lo nunca vivido antes sedujo sus apetitos y conquistó su interés, tan adormecido tras haber nacido de un linaje que jamás se preocupó de trabajar para vivir.
Un foco iluminó una figura en el centro del claro frontal. Todos se sorprendieron al identificarlo. Era el jardinero. Levantó un dedo y señaló:
- ¡Tú!
Uno de los presentes se acercó sin poder resistirse, como si unos hilos sobrenaturales estuvieran moviendo sus piernas. Cuando se encontró frente al jardinero, ambos se desnudaron a la vez y se intercambiaron las ropas. El foco se apagó.
Cuando se volvió a encender, en el claro había una cocinera.