Una de mis viejas obsesiones intelectuales es la inexistencia del tiempo. Creo que lo único realmente demostrable como magnitud es el espacio y sus parientes, como el movimiento. Tal vez lo que percibamos como tiempo sea tan solo este último. ¿Podemos argüir que el tiempo se evidencia en el desgaste de las cosas? Bueno, el movimiento también puede probar eso. Si la piel se estropea se debe a la constante fricción de agentes externos como el aire o la temperatura, y a nivel interno a la pérdida de radicales libres. Es decir, a la ausencia de una cosa que antes sí estaba. En el fondo, lo que los humanos queremos describir como tiempo se enmarca en una teoría más amplia, la del cambio. Todo lo que entendemos como tiempo sería más sensato circunscribirlo a la transformación: las estaciones suponen un cambio basado en el viaje de nuestro planeta alrededor del sol y en la posición de nuestro eje de rotación respecto de la eclíptica; los minutos y los segundos son medidas fragmentarias de ese giro que nuestra querida Tierra efectúa sobre sí misma, y el envejecimiento es el traslado o pérdida de elementos de nuestro cuerpo que dejan en peor estado nuestros órganos y huesos.
No considero científica la percepción del tiempo. Es una filtración de la subjetividad en los dominios del conocimiento empírico. La ciencia, hasta ahora, la instrumentalizan los sujetos humanos. Tal vez algo nos enseñe, en un futuro cercano, la auténtica esencia del tiempo.