La edad ayuda a perdonar nuestro pasado. Por añadidura, la juventud es menos favorable a dispensar actos cuyos efectos no resultaron satisfactorios, que, por definición, son todos. El punto exacto en que pasamos de inexorables a comprensivos puede considerarse el inicio del extraño y esquivo período que llamamos felicidad.
Tan inconscientes somos de cuándo llega esa etapa que no dejamos de culparnos antes y después, sin reconocernos a nosotros mismos que ya somos felices.