La pareidolia nos conecta con el mundo inanimado. Forma parte de la maravillosa capacidad del ser humano para deformar la realidad. Enrevesamos sueños, confundimos fechas, reinterpretamos sucesos y reformamos las estructuras de la comunicación. Como al marqués de Bradomín, nos seduce la floresta de la mentira y preferimos cabalgar a lomos de un falso alazán que caminar sintiendo la arena penetrar en nuestras sandalias. Pero la mente traiciona al crédulo con menos remordimiento que pasión. Arrojados a los pies de los ídolos solo servimos para el deleite de los manipuladores, los que se han alzado con el trono del embuste, los que sacan rendimiento a la creación de engaños y a esto no están jugando; no como nosotros, que no hemos dejado de ser niños encerrados en un largo juego del que no queremos salir.
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