Acabo de terminar Stoner. Es un libro triste y sincero sobre la vida de un chico nacido en 1891 que se convierte en profesor de Literatura de la Universidad de Misuri. Stoner es contenido y recio por dentro como la tierra de la pobre granja de sus padres donde se crio. Su historia es la enumeración de olas aciagas sobre esa personalidad, que va afrontándolas de forma estoica. Siempre manifiesta una reacción insospechada ante cada una de ellas; nunca la primera que tendríamos el resto: serenidad ante la muerte, sumisión ante el abuso, rendición ante los ataques, pero también indiferencia o infidelidad frente al acoso de su mujer, desdén o rebelión frente al acoso de Lomax, sorpresa calmada frente a su propia desaparición. Stoner muestra cobardía en momentos en que otros pensaríamos en actuar, como cuando Edith le arrebata a su hija Grace, que durante su infancia fue el refugio de felicidad de Stoner. Cuando llega a los límites se vuelve un ciclón, como en su aventura con Katherine Driscoll o en su desobediencia con Lomax al cambiar el temario de una asignatura. Sin embargo, lo pusilánime queda subordinado a la sabiduría: Stoner, desde el principio de su vida, es un sabio que la observa con conocimiento y enseña con su ejemplo a los que nos dejaríamos llevar por sobresaltos.
Ha pasado a ser una de mis novelas favoritas.
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