Por todas esas personas desconocidas a las que descubrimos mirándonos. Sea cual sea la razón, es un acto en que nos presta atención alguien para quien nada contamos, y esos segundos de interés rompen la absurda barrera de la indiferencia entre semejantes. Sería más natural comportarnos como hacemos con los niños. Si un niño nos mira, le sonreímos, y así se siente acogido por una sociedad que unos años después, cuando pase del metro de altura, dejará de sonreírle sin razón aparente.
La alienación de los humanos se nutre de ese rechazo a la sonrisa inmotivada. Con lo fácil que sería acoger a los demás con una mirada fraterna.
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