Ya dijo Juan Rulfo que llovía sobre los muertos y sobre los vivos, de manera bellísima e inigualable. Cuando vemos un cielo apagado por el aire oscuro de la tormenta, ese vano límite de la lluvia con el infinito nos acerca a la eternidad de la poesía. El agua se apodera del ambiente y del ánimo. Las imágenes a través de la lluvia cobran importancia, se engrandecen, porque son su propia naturaleza humedecida, y se anuncian sobre un telón grisáceo antes de que se acabe la función. Todo es diferente. Gracias a esas gotas pensamos en lo de fuera por unos instantes, que no nos viene mal.
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