25 de mayo de 2024

Sin paz en la palabra

Tonguita se quedó expectante. Había oído un ruido de cuchicheo en el callejón. Sus orejas se abrieron y su corazón bombeó sangre a toda máquina. Nada la fascinaba más que un buen cotilleo. Se acercó a las sombras y trató de distinguir algo. Se apostó tras unas cajas de madera gris y asomó despacito la cabeza. Tras ella, la calle principal derrochaba luz en todas direcciones.
Dos figuras se hicieron reconocibles contra la pared del fondo. El silabeo era indistinguible para Tonguita, así que tuvo que acercarse más para poder entenderlo. Arriesgó mucho para alcanzar una posición más próxima a la pareja, pero por fin pudo atrapar algunas palabras. 
- Ya está cerca... Sola... Ocasión...
A Tonguita se le hacía la boca agua. Cómo se iba a alegrar Farusca del chisme que le iba a llevar. Al día siguiente, en la misa, se lo contaría y despellejarían a alguien. Era su deporte favorito. A nadie le podía molestar. Esos rumores de suicidios eran falsos, habladurías malintencionadas de personas sin el don de la comunicación, envidiosas de ver a las dos amigas en el centro de todo lo que se movía. Ellas dos manejaban el cotarro. Estaban en primera fila de todo. Eso era lo más importante. 
Cuando por fin pudo oírlo con claridad, lo que oyó la dejó helada. 
- Tan cerca que no puede escapar. Y sola. Esta es la ocasión de que pague sus crímenes. 
Y la certeza de que había cometido un error, y las manos que la atrapaban, y la boca que se quedó muda del miedo, y el recuerdo de la madre de dos hijos que se había suicidado porque ella había contado a todos lo de su amante, y el destello de navaja brillando delante de la luna llena, y la frase.
- Ahora la vamos a despellejar nosotros a ella.


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