El charco iluminado por la luz de la farola mantenía a Henderson en guardia. La lluvia, la noche y el frío actuaban en sentido opuesto, haciéndole desear hallarse en una habitación caliente, a salvo de la humedad. Henderson esperaba a que su víctima saliera de la casa para acabar con su vida.
Ser asesino a sueldo no había sido su vocación. Entre todos sus amigos habían hecho planes de negocios, de estudios, de viajes, pero nunca de eliminar personas. En el fondo, esa había sido su actividad más característica: eliminar amigos se le había dado muy bien. Bastaba con dejar de llamarles, de responder sus mensajes o de interesarse por ellos. Era un maestro en lo suyo.
La verdad es que nunca había querido actuar así. Que le perdonaran todos aquellos que había ignorado. Su capacidad de posponer planes había sido infinita. No es que hubiera dejado de interesarse por los amigos. Más bien, cuando se le ocurría contactar con alguien a quien no veía desde hacía tiempo, cierta inseguridad de hacerlo bien le hacía demorar la idea para más tarde. Un más tarde que nunca llegaba.
Y esa destrucción pasiva de amigos había sido sucedida por la destrucción activa de gente. Allí estaba, empapado, paciente, tan asqueado por su trabajo como por su forma de ser.
La puerta se abrió y Henderson amartilló su pistola. Apuntó hacia el umbral.
La cabeza de Robert, su amigo de juventud, asomó por la abertura.
No hay comentarios:
Publicar un comentario